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‘El cocinero de los últimos deseos’, la artesanía fílmica de Takita

El cocinero de los últimos deseos Javier Cuenca, OxigenarteJavier Cuenca

El realizador japonés Yôjirô Takita, de dilatada carrera profesional con más de medio centenar de títulos en su haber y que llamó la atención de los cinéfilos del mundo con ‘Okuribito’ (Mejor Película en Lengua Extranjera en los Oscar 2009), muestra en las pantalla españolas ‘El cocinero de los últimos deseos’, una película perfectamente ensamblada y una narración que mantiene el interés del espectador a los largo de sus más de dos horas de proyección.

Y lo hace porque Yôjirô Takita en un artesano del cine. Sabe de su capacidad para establecer una línea de tensión en la que va sumando, como un buen cocinero, cada elemento que compone finalmente el guiso, gracias a una aquilatada dirección actoral, una fotografía (Yoshinori Oshima) ya de por sí espectacular y una elección musical que rubrica la salsa misma de su trabajo.

Es una película de cocineros: sí. Pero también lo es de la obcecación, del amor, de la solidaridad, de la perplejidad que va sumando a sus protagonistas en el poco diagnosticable devenir de la vida y de los seres humanos.

Gracias a sus personajes -interpretados por Kazunari Ninomiya, Gou Ayano o Hidetoshi Nishijima- el interlocutor puede irse abriendo paso por la naturaleza misma de los fogones y sus artífices, sometidos desde ese espacio de gustos y olores también a las veleidades del destino.

Takita, utilizando un flash backs especialmente narrativo y con la  historia de Manchuria ocupada por los japoneses en 1933 o la llegada del comunismo, construye una historia donde, además, la elaboración de cada receta deriva en un cuento en sí mismo.

El recetario que se establece como eje de la trama de ‘El cocinero de los últimos deseos’, es el recetario de los deseos de sus protagonistas, en una lucha con el destino que, en algunas ocasiones, recuerda los escenario descritos en los libros de Yasunari Kawabata con la muerte y la belleza expresadas en un mismo plano, como lo hace el escritor japonés en ‘La casa de las bellas durmientes’.

Tamio Hayashi, el guionista de la cinta, busca en la novela de Keiichi Tanaka precisamente la dualidad -o quizás la aseveración propia- que hace de los momentos finales de la vida un guiño precisamente a la belleza. Tal vez por eso inicia la narración con su cocinero, Mitsuru Sasaki, entregando el arte de cocinar a los deseos de un moribundo.

El cine que viene de oriente nos depara buena parte de las sorpresas que el séptimo arte ha marcado en los libros de su propia historia, probablemente porque -desconocido- ese mundo trágico pero hedonista del ‘sol naciente’ llega para sacarnos de la cotidianidad a través de su liturgias.

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