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‘Parásitos’, la capacidad escénica del nuevo cine coreano

Javier Cuenca

Sorprende la película del coreano (del sur, como no podía ser de otra manera en nuestras pantallas) Joon-ho Bong por su capacidad escénica, por el ritmo que imprime a una cinta extensa en el metraje (casi dos horas y cuarto) y -quizás lo uno de los aspectos más destacados- por su dirección de actores: medidos, sin la proliferación de gestos heredados de las formas interpretativas orientales, y que se ajustan al contenido de cada uno de los personajes. No es de extrañar que, sumado todo ello a la más que correcta realización que presenta, despertase tanto interés en Cannes y le permitiese llevarse la Palma de Oro del Festival este mismo año.

En ‘Parásitos’ (Gisaengchung), Joon-ho Bong vuelve a su país de origen tras las coproducciones internacionales ‘Okja’ (2017) y ‘Snowpiercer: Rompenieves’ (2013), donde ya demostró su capacidad de simbiosis con los distintos lenguajes cinematográficos, especialmente en lo que a la trama se refiere.

Kang Ho Song (El imperio de las sombras), Sun-kyun Lee (2036 Apocalypse Earth), Yeo-jeong Jo (The target: El objetivo), So-dam Park (Shimajiro and the Rainbow Oasis) o Woo-sik Choi (Tren a Busan) sacan adelante una interpretación creíble y fresca -fundamentalmente fresca- donde un tema universal como la ambición: sus fantasmas, sus mentiras y recovecos, permiten a esta comedia un espacio para la reflexión sobre cuánto de cierto exhiben las sociedades, y hasta dónde son vulnerables gracias al escaparate del boato.

Joon-ho Bong ‘mima’ esta cinta que le devuelve a la realidad de un país asiático controvertido por las distintas situaciones sociales que quienes se apoderaron de su cultura les han obligado a heredar. Casi con la estructura de una de esas series británicas del ‘arriba y abajo’ social, establece un guión imaginativo y plagado de un anecdotario que finalmente construye y da solidez al guión.

La propia escenografía de la película, mimada por la fotografía de Kyung-Pyo Hong al compás de la música de Jaeil Jung, establece una impresionante riqueza de contrastes escénicos en donde la miseria se cruza en el camino de la opulencia para gestionar sus propios instrumentos de supervivencia, y donde la genialidad de la picaresca casi resulta entrañable, casi al mismo nivel que son nuestros golfos literarios del XVI o XVII.

Prácticamente cine social que -entre el suspense y el absurdo- consigue atrapar al interlocutor para presentarle una película que a veces parece salirse de contexto, pero que tiene ese tremendo atractivo de una locura que Joon-ho Bong logra ensamblar con acierto, sin metáfora y sin final porque la vida y la sociedad se mueve circularmente.

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